Balvanero Balderrama García
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El trabajo en casa nunca termina: barrer, trapear, lavar ropa, planchar, sacudir, acomodar, lavar trastes, hacer comida… y va de nuevo, en un ciclo que se repite una y otra y otra vez.

Estas actividades recaen, mayoritariamente en las mujeres, principalmente en la madre. La Encuesta Nacional de sobre uso del tiempo (ENUT,2019) indica que las mujeres le destinaron, en promedio, 42.3.4 horas a la semana en trabajo del hogar no remunerado, por su parte, los varones destinaron 11.6 horas en promedio, lo anterior a nivel nacional.

Es común escuchar en los varones -pero también en los demás miembros de la familia-, mea culpa, “te voy a ayudar”; sin ser un acuerdo que las actividades de orden y limpieza son para distribuirse equitativamente entre quienes ahí residen, conviven, hacen uso de lo que hay.

Además de la formación en una cultura que delega estas actividades “del hogar” a las mujeres, machista, también se puede señalar la formación excesiva en la propia responsabilidad. Lo que deriva en un individualismo que hace olvidar la vida en común.

Lo anterior lo entiendo como la educación en casa de que se hagan responsables de “sus cosas”: cuarto, utensilios, enseres, etcétera; pero descuidando aquello que es común para todas y todos.

Por ello, se escucha frecuentemente ante la pregunta de por qué no se levantó o hizo tal cosa: “no es mío, yo no lo hice, yo no lo tiré”.

Ante la carga que representa las labores domésticas, algunas familias optan por pagar para que se realicen.

De acuerdo a cifras del INEGI, difundidas a propósito de Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, había en nuestro país 2.3 millones de personas que cobraron por realizar trabajo doméstico en viviendas.

De ellas, casi 9 de cada 10 -8.8- eran mujeres.

En el estado de Colima, la ENOE reportó para el IV cuatrimestre del 2021 un total de 16,093 personas realizando labores domésticas remuneradas; con la misma proporción de mujeres y hombres que a nivel nacional.

El ingreso promedio semanal, a nivel nacional, son 1,140 pesos.

Los datos sobre su (in)seguridad social son abrumadores: “de cada 100 trabajadoras domésticas, 99 prestan sus servicios sin un contrato escrito; solo 4 de cada 100 tienen acceso a servicios de salud; y 28 de cada 100 tienen algún otro tipo de prestaciones, como aguinaldo y vacaciones” (extracto del comunicado de INEGI).

Hay trabajos precarios, este es uno de ellos.

Se está a expensas de la “buena voluntad” de quienes contratan para tener algunas prestaciones.
Conozco personas que con esa digna labor han dado estudios a sus hijas e hijos; así como a mujeres que se han sostenido su formación con esta actividad.

No hay trabajo indigno, pero no podemos dejar de lado que quienes prestan sus servicios como trabajadoras domésticas -ya vimos que la mayoría son mujeres-, están en condiciones de vulnerabilidad.

Que este Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar permita visibilizar sus condiciones y que las cifras oficiales sean utilizadas, junto con otros indicadores y estudios, para generar política pública en su beneficio.