La segunda piel

Cuando una persona se entrega apasionadamente a un oficio o profesión esta se volverá parte esencial de su vida, su ser no podrá concebirse sin ese aspecto que lo lleva a levantarse cada mañana y cuando en la labor que se lleva a cabo se usa un uniforme, este será llevado con el mismo orgullo que se llevan condecoraciones, uno se sentirá altivo de que al verlo reconozcan lo que es.

Así los matadores de toros tienen la dicha de llevar a cabo un uniforme tan especial, tan lleno de historia y que logra contar las hazañas logradas, las cornadas sufridas, el hambre pasada y la gloria futura, todo eso logra plasmarse en el traje de luces, un terno viviente que es el uniforme de guerra más vistoso. Toda vestimenta tiene su historia, pero a diferencia muchos casos, puedo afirmar que la del traje de luces vale mucho la pena contarla.

Durante los primeros días del toreo la ropa utilizada por quienes acudían a la lidia del toro era diversa, cuando el principal actor era un noble apoyado por mozos preparado para lancear desde un caballo un toro la vestimenta estaba lejos de ser normada. En datos recopilados por la gran enciclopedia taurina «El Cossío» se menciona como en 1619 en una celebración taurina los toreros salieron «tocados con montera» en Madrid, también en esa misma ciudad al año siguiente se les suministraron bandas de colores por parte de la Villa, esta ultima practica se continuó haciendo en Navarra donde la indumentaria era proporcionada por el ayuntamiento a los toreros que contrataban las localidades, como pueden observar, aquí empezamos a ver un inicio de uniformidad en los trajes de la fiesta brava.

A medida del tiempo el atuendo cambió, durante el siglo XVIII los matadores vestían en las plazas el atuendo burgués común de la época como se muestra en las obras del pintor Francisco de Goya y que vemos en retratos de grandes maestros del toreo como Pedro Romero, la vestimenta era conformada por un pañuelo en el cuello, una chaqueta bordada, un chaleco, un fajín y un pantalón que termina justo por debajo de la rodilla, además se adornaba la cabeza con una especia de malla de tela o algún otro sombrero como el tricornio. La vestimenta comentada terminó por caer en desuso, el paso del tiempo le dio preferencia a lo que se convertiría en el primer traje de luces, sin embargo esos hermosos ropajes aburguesados continuarían utilizándose en la celebración de las corridas goyescas, tal ha sido su fama que incluso la casa Armani ha diseñado y confeccionado uno para el diestro Cayetano Rivera Ordóñez.

Fue el matador Joaquín Rodríguez «Costillares» quien diseña el prototipo del traje de luces añadiendo los arreglos metálicos y un color verde que sería más vistoso para el deslumbre de todos los aficionados. En la actualidad el traje de torear consiste de varios elementos como la taleguilla que es una especie de pantalón que va desde la altura de las costillas hasta debajo de la rodilla siempre rematada con unos machos (aunque la altura llega a variar de vez en cuando por algunos centímetros); se lleva también una casaquilla y un chaleco con grandes bordados y adornados de alamares ya sea en oro, plata o pasamanería; seguido de las piezas de mayor tamaño siguen los accesorios que coronan el vestir como las zapatillas negras sin tacón y adornadas por un moño, la camisa siempre blanca, el corbatín, la coletilla postiza que vino a sustituir a la coleta natural y por último la montera, pieza creada por Francisco Montes «Paquiro» que reemplazó a cualquier otro sombrero utilizado anteriormente.

Como ven la segunda piel de los toreros es aún más compleja que la primera, es una piel que se debe ganar con sangre y esfuerzo pero su uso vale cada segundo, claro que el terno de luces no es el único existente para realizar el arte de Cúchares, como se mencionó anteriormente se utilizan los antiguos trajes goyescos, también existen otras corridas excepcionales donde se cambian los estilos como la corrida picassiana de Málaga en honor al pintor que también diseñó ternos de torear únicos y actualmente la inspiración de sus obras se plasman en bellas vestimentas para el ruedo; en Sanlúcar de Barrameda se conmemora la proeza del explorador Fernando de Magallanes con un festejo en su honor donde toda la plaza se adorna con honores a su expedición y los matadores visten con inspiración a su época. Un traje clásico para el campo y los festivales taurinos es el traje campero o corto andaluz que consta de una calzona, una chaqueta, un chalequillo opcional,  botas camperas cordobesas y un sombrero cordobés, ya si el clima es frío se puede usar un abrigo marsellés, dicha prenda fue dejada en España por los invasores franceses. No podemos despedirnos sin mencionar a nuestra prenda nacional, el traje charro se ha vuelto tan taurino como el albero y es elegantemente utilizado en las llamadas corridas charrotaurinas y en festivales. El traje de torear debe respetarse como al toro mismo, un matador también debe de parecerlo, la corrida es una cita con la vida o con la muerte y impresindible presentarse en el mejor vestido. Finalizo con la gran frase del sastre Justo Algaba: «Para torear, que ni falte ni sobre nada. Lo justo».